Ella giró su cuerpo, despertándome. Ahora mi espalda enfrentaba su rostro, como con indiferencia; ella suavemente me abrazó mientras se acurrucaba contra mi cuerpo. Una sensación de paz invadió su rostro, y entre sueños se sonrió. Y yo, recién despierto, no entendía; ¿por qué después de mas de dos semanas de absoluto silencio mutuo, ahora aquella actitud repentinamente me pareció insignificante?, ¿irrelevante?. Rápidamente traje a mi mente los recuerdos de aquella noche, esa madrugada de día de semana cuando ella me dijo que no. Por primera vez me encontré a mi mismo enojado con ella, molesto; sin embargo la entendí y me fuí. Orgullo tal vez. Sigo sin saber la razón que me impidió decirle lo que hace tantos años he querido decirle. Pero sí sé que mi enojo me llevó al silencio. Tres semanas pasaron desde entonces, y ni una palabra habíamos cruzado hasta horas antes de que ella llegara y golpeara a mi puerta. Y ahí estaba ella, durmiendo a mi lado, abrazándome, sonriendo en sus sueños. ¿...